No hay nada nuevo bajo el sol

Cuando conocí Las cinco leyes de la Biblioteconomía de Ranganathan, logré, como dicen los creyentes: “ver la luz”. Se que suena exagerado, pero seamos sinceros, queridos colegas, describir qué es una biblioteca, lo que hace, para qué sirve, no es cosa fácil.
Cada día me convenzo más, que cada uno de nosotros tiene una definición propia de biblioteca, la cual es resultado de la “experiencia” que haya tenido el sujeto con su “biblioteca en cuestión”. Tengo la firme idea de que si la experiencia ha sido positiva, todas, sin excepción, cumplirán con las reglas que Ranganathan escribió en aquel lejano 1931. Ustedes se preguntarán, si las escribió hace casi un siglo ¿por qué todavía siguen vigentes? Básicamente porque describen la “esencia” del quehacer bibliotecario.
Los libros son para usarse. Recuerdo que la biblioteca de mi secundaria no te prestaba libros a menos que estuviera la encargada frente de ti para vigilarte y ¡cuidadito si hacías movimientos bruscos! O cuándo quise sacar la credencial de la biblioteca de la delegación, me pedían un montón de requisitos para sacar un libro en préstamo y sólo por tres días. Los libros, cualquiera que sea su formato son una tecnología creada para comunicar, difundir y preservar un “algo”. Los libros son “contenedores”, esconderlos o complicar su acceso es acallar “algo” que puede convertirse en conocimiento.
A cada lector su libro y a cada libro su lector. Pienso que estás son de las tareas más complicadas que tienen las bibliotecas y sus bibliotecarios. Adquirir un libro para su colección y hacerlo llegar al lector correcto ¡vaya reto! ¿Cómo elegir en el universo de libros existentes, aquel que tenga sentido para los lectores que me visitan? Y luego, ¿cómo hacer que lo encuentren en la estantería? Estamos hablando de casi un evento milagroso. El bibliotecario se convierte en un ‘Virgilio’ para el lector, llevándolo por los lugares indicados para encontrar su destino.
Hay que ahorrar tiempo al lector. Una biblioteca pública o académica, a diferencia de las personales, tienen un objetivo claro: ofrecer un servicio a cierta comunidad. El bibliotecario conoce dónde están los libros, qué contienen mientras que un lector muchas veces no sabe ni siquiera lo que necesita. El tiempo es valioso y si se pierde en búsquedas infructuosas es probable que nuestra lectura sea apresurada.
La biblioteca es un organismo en crecimiento.  Vivo con un lector y sus libros. Su biblioteca personal siempre intenta apoderarse del espacio donde vivimos. En los sillones, en la mesa, en la cama, siempre encuentra un lugar donde colocar sigilosamente algún tentáculo. Comienza con un libro, luego otro, y otro hasta que se hace “un montoncito” y grito enfadada porque lo ha vuelto a hacer de nuevo. Es entonces cuando se esconde en el estudio y cierra la puerta.
Como verán “no hay nada nuevo bajo el sol”. Bibliotecas personales, públicas, universitarias, especializadas, todas y cada una de ellas son un espacio de encuentro tal vez… milagroso y afortunado.

 

Fotografía: Biblioteca móvil. Madrid, 1950 [aproximadamente]. En: “Revista Vivat Academia”. Alce, Sigfrido del. No. 89, octubre,1989. Vínculo electrónico: http://www2.uah.es/vivatacademia/anteriores/n89/madrid.htm

 

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